Coordinador de la Sección de Arte del Portal Papones |
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| César García Álvarez | |
| Profesor Titular de Historia del Arte de la Universidad de León | |
La dimensión artística de la Semana Santa
Reflexiones generales
Esta sección estará dedicada a analizar todos aquellos aspectos relativos a la dimensión artística de la Semana Santa. Aunque buena parte de su contenido estará dedicado a analizar los más directamente relacionados con los desfiles procesionales, que componen su parte más conocida y vistosa, también se centrará en el estudio de otras manifestaciones artísticas que suelen pasar desapercibidas, y que, como intentaremos justificar en las páginas que siguen, son en realidad mucho más numerosas de lo que pueda pensarse en un primer momento.
Un propósito fundamental de estas páginas será equilibrar el rigor con la amenidad. Con frecuencia se abordan los aspectos estéticos de la Semana Santa desde dos perspectivas aparentemente irreconciliables. Por un lado, los estudios académicos la estudian generalmente de un modo aséptico, centrándose en aspectos documentales y análisis estilísticos expresados en un lenguaje en ocasiones críptico. Por otro lado, son numerosos los textos que, llenos de buenas intenciones, expresan, mediante un lenguaje ingenuo y más o menos poético, vivencias y emociones personales, pero incurren en numerosas inexactitudes terminológicas y conceptuales. Salvar el abismo que suele existir entre el riguroso léxico académico y el inocente y emocional vocabulario del aficionado y del espectador que contempla y comenta las procesiones y participa en los actos de la Semana Santa, es por ello un objetivo esencial de esta sección. En este sentido, le concederemos especial importancia al problema de la terminología y del uso correcto de las palabras adecuadas para describir cada fenómeno estético. Esto no quiere decir que no sea posible un disfrute intenso y auténtico de la dimensión estética de la Semana Santa sin un conocimiento previo de todos los conceptos que la fundamentan. Aunque esta postura es defendida por numerosos teóricos del arte, creo que resulta errónea, y tendremos ocasión de argumentar por qué. Sin embargo, lo que no resulta discutible es que el conocimiento transforma la experiencia, que la intensifica, y que le brinda, si es un conocimiento verdadero, una base para participar mejor de la dimensión formal, simbólica, emocional y espiritual de cualquier creación artística, y por tanto de la inherente a los actos propios de la Semana Santa.
En este sentido, hay que decir que el empleo incorrecto o impreciso de los términos estéticos propios de la Semana Santa es muy frecuente. Desde la aplicación a las imágenes de términos histórico-estilísticos más o menos genéricos o precisos, tales como barroco, renacentista, moderno, o vanguardista, entre otros, hasta la utilización de conceptos estéticos como naturalismo, clasicismo, expresividad, pasando por términos técnicos relativos a la talla, la policromía, etc., es sumamente frecuente oír comentarios de todo tipo en los que se incurre en errores de diversa condición. Sirvan unos cuantos ejemplos que escuché y anoté durante la Semana Santa de 2008: “Es una imagen renacentista porque tiene unos pliegues muy marcados”. “Es un paso barroco, todo de madera”; “fíjate qué clasicista es el Nazareno”. Los errores que contienen este tipo de expresiones, tan sinceras como ingenuas, son fácilmente corregibles, puesto que se deben únicamente a un empleo poco preciso de términos estéticos que, dotados de un sentido preciso en el ámbito de la Historia del Arte, han pasado a formar parte del vocabulario común, perdiendo gran parte de su rigor original.
Aclarar todos los malentendidos en torno al arte que se producen por una escasa familiaridad con los problemas que plantea su fundamentación teórica excede las posibilidades de estos textos. Sin embargo, como la correcta comprensión de cualquier término o concepto de una ciencia exige un conocimiento previo y correcto del contexto en el que encuentra su sentido, y dado que la intención de esta sección es ofrecer explicaciones tan rigurosas como sea necesario, pero tan sencillas como sea posible, creo que el primer paso para lograr un análisis bien fundamentado de los problemas particulares que presenta el arte ligado a la Semana Santa, es necesario previamente aclarar algunos problemas básicos propios de la Teoría del Arte. Puede parece algo fuera de lugar e innecesario para estudiar la relación entre la Semana Santa y el arte, pero como veremos en escritos posteriores, aclarar estas problemáticas cuestiones permitirá abordar nuestro objeto de estudio con mayor claridad y rigor.
El primero de dichos problemas es, lógicamente, el propio concepto de arte. Desde los orígenes del pensamiento filosófico y científico en la antigua Grecia, la existencia de un saber está íntimamente ligada a la definición de su objeto de estudio y de las técnicas y métodos de que se sirve para comprenderlo. El desarrollo de la cultura occidental ha adaptado siempre este requisito a cualquier campo de estudio, de tal modo que no resulta difícil definir la medicina, la aeronáutica, la metafísica, o cualquier otro campo del saber, en función de los objetos y campos de la realidad hacia los que está volcada. Pero el arte se encuentra en una situación excepcional en este sentido. Su significado, definición, objeto y método han sido convertidos, especialmente durante los últimos dos siglos, en aspectos sumamente discutidos, hasta el punto de que la mayor parte de los teóricos niega hoy en día la posibilidad y conveniencia de lograr una definición de arte. Se trata de un debate sumamente complejo que aquí no vamos a abordar en todos sus detalles e implicaciones, pero cuyos aspectos esenciales pueden resumirse, muy a grandes rasgos del siguiente modo:
La teoría tradicional del arte, vigente en la cultura occidental, con mayores o menores variaciones, desde Grecia hasta las vanguardias del siglo XX, identificaba el arte como un conjunto de técnicas reguladas destinadas a producir un efecto que, en la mayor parte de los casos, se correspondía con la consecución de la belleza ideal y/o de la imitación de la naturaleza, y que aspiraba a producir efectos emocionales y expresivos en el espectador. La creación artística estaba regida por estos principios estables, que dieron lugar a numerosas y variables reglas a lo largo de los siglos. La revolución radical que supusieron las vanguardias a comienzos del siglo XX rompió drásticamente con todos estos fundamentos. La búsqueda de la belleza pasó a ser sustituida por el deseo de lograr una convulsión en el espectador; la imitación de la naturaleza fue negada, para afirmar la expresión del yo del artista o de ideas conceptuales como tema y objeto de la obra de arte, la validez de las reglas fue atacada sin piedad, y la libertad subjetiva del artista consagrada como norma.
Entre otros muchos efectos, esta transformación tuvo como consecuencia una convulsión teórica que afectó a todos los conceptos artísticos, y entre ellos al concepto de arte. En la actualidad, conviven muchísimas concepciones teóricas diferentes. Sólo como ejemplo, citaremos algunas de ellas.
Existen otras muchas teorías y concepciones teóricas, pero éstas son suficientes para atisbar la complejidad del problema. No es posible ahora abordarlas con la profundidad que requieren, pero sí quiero ofrecer una visión muy resumida de mi posición ante estos problemas, porque de ella se derivarán muchos aspectos importantes de los textos que compondrán esta sección.
En primer lugar, el problema básico que impide lograr una definición de arte es la pretensión de que sea maximalista, es decir, que incluya todo lo que cualquier creación artística puede llegar a ser, significar, expresar, simbolizar, producir en el espectador, etc. Se trata de una pretensión imposible, porque existen diferencias muy importantes entre ellas, las cuales suelen ser señaladas para demostrar la imposibilidad de una definición. Por ello es necesario buscar los rasgos comunes que las unen, en vez de las diferencias, y buscar una definición mínima de arte, que comprenda los rasgos que siempre están presentes cuando hay arte. Resumiendo drásticamente una argumentación muy compleja, es posible afirmar que estos rasgos son dos. El primero, que toda obra de arte posee una forma, es más, que es forma, entendida esta como una estructura de orden, que organiza una materia que puede ser plástica, sonora, lumínica o simplemente mental. El segundo rasgo común a toda obra de arte es la expresividad, entendida esta no como la expresión de un yo, o de emociones, o de cualquier otra realidad, que no son más que casos particulares, sino como el hecho de que toda forma es percibida como portadora y poseedora de cualidades, las cuales expresa. Estas cualidades son teóricamente ilimitadas. Las formas pueden expresar casi cualquier cosa: belleza, fealdad, alegría, reflexión, imitación, realismo, fantasía, y un larguísimo etcétera. Lo que convierte a la expresividad de las formas en la condición del arte es que percibimos que dichas realidades son expresadas por las formas,. En otras palabras, porque percibimos sus cualidades como propiedad suya que produce un efecto en nosotros. Así, decimos de una obra que es bella, o dulce, o triste, o dramática, o conceptual, porque creemos verdaderamente que tales características están realmente presentes en la obra.
Como puede deducirse, aceptar esta definición mínima conlleva una serie de implicaciones muy profundas. La primera es que la distinción radical entre lo que es arte y lo que no lo es carece de sentido. No existe una frontera más allá o más acá de la cual las cosas pasan a ser o dejan de ser arte. Esto no quiere decir que todo sea arte, sino que toda creación humana posee una dimensión artística, aunque sea mínima, porque participa de la condición de forma expresiva. Ello no implica tampoco que exista una escala única o vara de medir universal para valorar la artisticidad de una obra, puesto que tanto los criterios formales como los expresivos han sido sumamente variables históricamente. Simplemente, lo que se deriva de ello es que lo que caracteriza el mayor o menor valor artístico de una obra es la presencia en ella de determinadas cualidades formales y expresivas. De todos modos, aunque tanto los valores formales como los expresivos que se exigen a las obras para ser consideradas valiosas han ido variando muchas veces a lo largo de la Historia, es posible observar que las obras que finalmente han sido consideradas de mayor valor se caracterizan por su mayor riqueza y unidad formal, y por su intensidad expresiva.
De la aceptación de este punto de partida se derivan una serie de consecuencias muy importantes para la interpretación artística de cualquier fenómeno estético, y por tanto de la Semana Santa. Si toda realidad está provista, aunque sea mínimamente, de valor artístico, entonces el estudio de la dimensión artística de la Semana Santa no puede ceñirse a los elementos que, en principio, poseen mayor valor, como las imágenes u objetos procesionales como tronos, estandartes o adornos, sino que puede y debe abarcar la interpretación de todos las dimensiones formales presentes en ella, desde las indumentarias hasta los modos de procesionar y llevar los pasos, pasando por la música, la estructura y el ritmo del movimiento de las procesiones, la gastronomía, la gestualidad, los olores, la relación con la topología y el urbanismo de la ciudad, los puntos de vista desde los que son contempladas las procesiones, los rituales litúrgicos de los días, las frases y el vocabulario, los ritos profanos y el cambio en el comportamiento personal y colectivo. Todos estos aspectos y muchos otros deben ser objeto de un estudio integral que aborde todas las dimensiones de significado que se condensan en un fenómeno estético de tanta intensidad como la Semana Santa.
Con estos estudios no aspiramos ni a sentar cátedra, ni a ofrecer respuestas definitivas a muchos de los problemas y desafíos interpretativos que plantean, sino a favorecer que sean pensadas. Afirmaba Gadamer que quien no sabe interpretar su tradición cultural no es merecedora de ella. Y no es otro el propósito de estas palabras, sino el de ayudar a comprender mejor la rica tradición que constituye la celebración de la Semana Santa, para intensificar así su disfrute y la comprensión de sus múltiples y riquísimos significados.
Considero que esta larga y prolija introducción es imprescindible para poder abordar, a partir de este momento, los muy numerosos aspectos estéticos que encierra la Semana Santa en general. Y como todo camino tiene que empezar con un primer paso, el siguiente texto estará dedicado a clarificar uno de los problemas más complejos y al mismo tiempo apasionantes que están ligados a la comprensión y disfrute de las procesiones, como es el de definir correctamente los diferentes estilos artísticos en los cuales están realizadas las imágenes que componen los pasos procesionales.
Autor: César García Álvarez
Profesor titular de historia del arte dela Universidad de León